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El Raso de Portillo (1) Estirpe castellana o raíz morucha Noviembre de 1999 | POR autores Hola amigos. Aquí estamos de nuevo presentando a vuestra atención otra de las castas originarias y fundacionales de nuestro querido y admirado TORO de LIDIA: la castellana, también una estirpe prácticamente extinguida en la actualidad. Nos sigue resultando muy difícil encontrar material informativo para este estudio - tal vez demasiado ambicioso - en cuanto nos adentramos en razas que han sido cruzadas tan repetidas veces que ya no debe quedar nada de su genotipo y fenotipo primitivos. Sin embargo, hemos terminado por escribir un artículo, otra vez tan extenso, que lo hemos dividido en dos partes. Pero seguimos disfrutando enormemente al hacerlo. Si además consiguiésemos prender la semilla de vuestra curiosidad y a partir de ahí comenzáseis a investigar por vuestra cuenta, entonces nuestra felicidad sería completa, pues habríamos ganado otros enamorados estudiosos del animal más bello, noble y fiero de cuantos aún quedan en nuestro mundo, resistiendo con su primitivismo a la modernidad que, a veces desordenadamente, nos invade. Gracias por vuestra fidelidad al leernos. Es nuestra única recompensa Orígenes: Genotipo El origen exacto de estas reses es desconocido, por falta de documentación apropiada, pero se sabe que eran los primitivos, fieros y antiquísimos toros que pastaban en las tierras de Castilla la Vieja, inicialmente en estado salvaje. Más tarde, fueron diferentes propietarios de la zona quienes, primero en régimen de comunidad de bienes y luego de forma individual, se hicieron con su titularidad. Una muestra de su antigüedad la tenemos en un pergamino del siglo XV, donde se relatan festejos en los que los cristianos alancearon en Granada toros castellanos, sustituyendo así a las antiguas justas, que se celebraban hasta entonces, entre los propios caballeros. Diferentes autores les asignan distintas procedencias pero, después de sopesar muchas leyendas sobre estos toros, creemos que la más verosímil, actualmente, es la de que las vacas moruchas que vivían en los pastos próximos a las marismas del río Duero y sus afluentes en las zonas próximas a la corte, en Valladolid - que, como se sabe, antes de que Felipe II la trasladase a Madrid, era la capital del reino español, tras la unificación de Castilla y Aragón, por los Reyes Católicos - se fueron cruzando con toros navarros, que eran traídos periódicamente a estas tierras marismeñas castellanas para ser corridos por los caballeros en las fiestas de la realeza. De esta forma padrearon con las mencionadas vacas moruchas de la tierra y así, poco a poco, fue apareciendo un tipo de ejemplar híbrido que llegó a alcanzar, con el tiempo, los caracteres de autóctono y con unas singularidades que, al no tener ancestrales conocidas, hemos clasificado aquí como una raza fundacional o estirpe originaria, siguiendo las directrices de la mayoría de los tratadistas. Nosotros, sin embargo, tenemos serias dudas de los cruces con toros navarros, pues prácticamente no hemos encontrado pelos rojos puros en la mayoría de estas reses sino solo mezclados, como explicaremos más adelante, cuando tratemos de su fenotipo. Y sin embargo, otros cruces bien conocidos y documentados con toros y vacas navarras, siempre dieron algunos ejemplares coloraos encendidos, de acuerdo con las leyes de Mendel. De ahí nuestras dudas.
Inicialmente, desde que se tienen noticias de ellas, estas reses pastaban en el predio de El Raso, en el término municipal de La Pedraja de Portillo, por lo que pasaron a la posteridad con las denominaciones de Raíz o Casta morucha, Estirpe castellana o de El Raso de Portillo. Lo cual no quiere decir que solo en este término estuviesen ubicadas. Las zonas pantanosas y salitrosas (como ya se explicó cuando se trató de los troncos navarros, en otro capítulo anterior de TERRALIA) eran muy favorables para el desarrollo del ganado bravo, pues le daba vigor y resistencia, facilitando la selección natural de las reses. Por eso, en la zona de Valladolid, se extendieron por los términos de Boecillo, Aldeamayor de San Martín, Montemayor de Pelilla, Arrabal del Portillo y hasta Peñaranda de Bracamonte, como veremos. En todos estos términos se ubicaron los toros de este peculiar encaste, lo que hizo que, poco a poco, fueran apareciendo distintos propietarios que comenzaron a cuidarlos esmeradamente de forma individual, primero como materia prima para los carniceros y posteriormente para la lidia en los juegos de los caballeros. Ya se explicó también, en números anteriores, que el siglo XIX en España fue apasionante y determinante para el pueblo llano, al poner los cimientos de lo que posteriormente se ha consolidado en el XX. Los movimientos políticos eran casi constantes y los gobiernos se sucedían de forma vertiginosa. Y así ocurrió, pues, que en 1870, durante la regencia del general D. Francisco Serrano, al partir al exilio parisino la reina Isabel II, las zonas salitrosas y pantanosas - y por tanto insalubres - del río Duero y sus afluentes, próximas a Valladolid, fueron desecadas, para evitar las tremendas epidemias mortales que provocaban entre la población civil. Con ello aumentó la salud de las personas pero, paradójicamente, se provocó un debilitamiento del ganado bravo, que allí pastaba. La mejoría higiénica había provocado un proceso inverso sobre los animales pues, aunque morían menos, la selección natural hacía que los supervivientes fuesen menos resistentes y vigorosos. Y así, progresivamente, fueron perdiendo importancia los toros de la tierra y en los primeros años del siglo XX desaparecieron prácticamente como encaste autónomo u originario. Actualmente, si nos queréis seguir leyendo, podréis ver que no quedan realmente genes de ganaderías de bravo de este origen. Aunque...¿quién sabe?.
En cuanto al tamaño, los distintos tratadistas nunca se han puesto de acuerdo. Para unos eran grandes (hipermétricos) y para otros terciados (elipométricos). Sin embargo, en el resto de caracteres físicos todos están de acuerdo. Tenían el tercio anterior predominante, aleonado, eran cabezones, dolicocéfalos, acarnerados y de proporciones no armónicas, feos y rústicos, denotando su procedencia morucha. Eran de gran y muy desarrollada encornadura, predominando los cornipasos y cornivueltos. En cuanto a sus pelaje, predominaban las capas oscuras, castañas y negras principalmente, con los accidentes de listones y bragados. Durante la lidia, salían inicialmente con muchos pies, eran duros de pezuña y de gran resistencia, similares a los pequeños y rojos toros navarros, por lo que fueron muy apreciados inicialmente por los nobles a caballo y también, posteriormente, por los aficionados al toreo a pie. Tal vez por esto es por lo que Francisco Arjona (Curro Cúchares) los definió como toros de buena sangre, pero la razón por la que el resto de los toreros empezaron a no quererlos y una de las causas de su desaparición. Para corroborar lo anterior vamos a relatar un hecho singular. En las corridas reales de 1796, para solemnizar la jura como rey de Carlos IV, los diestros sevillanos Joaquín Rodríguez (Costillares) y José Delgado (Pepe-Hillo o Illo) solicitaron la exclusión de los toros castellanos de estos festejos. Pero en aquellos tiempos empezaban las rivalidades y competencias entre los espadas. Enterado Pedro Romero, el maestro rondeño, de la exigencia de sus rivales, se dirigió por escrito al corregidor de la Villa y Corte comprometiéndose él a matar cuantas reses castellanas hubiese, a condición de que se criasen y mantuviesen a campo abierto hasta el momento de su lidia. Forzados así, los maestros sevillanos no tuvieron más remedio que torearlos también. Pepe-Hillo fue cogido, por no seguir los consejos de Romero, quien lo auxilió y lo llevó en brazos hasta el palco de la condesa de Benavente y duquesa de Osuna. Pedro Romero volvió al ruedo, se acercó a la res, que estaba escarbando y en actitud defensiva, le dio dos naturales y lo mató de una buena, recibiendo. A todo esto, el tercer diestro, Costillares, se había desentendido mientras el rondeño auxiliaba a Hillo y esperó a que Romero bajase de palco y le dejó matar la res. Este relato está recogido así por el prestigioso crítico taurino del siglo XIX Don Antonio Peña y Goñi que, como puede verse, admiraba sobre todo al maestro de Ronda, considerándole muy por encima del resto de sus competidores.
Antes de hablar de propietarios individuales, debemos insistir en que originalmente se criaban en régimen de comunidad de bienes entre varios ganaderos, por lo que algunos de ellos ya usaban la divisa blanca, por decreto regio. Además, al ser los toros de lidia más antiguos de Castilla, reino predominante al establecerse la unidad peninsular durante los Reyes Católicos, tenían el privilegio de abrir plaza en todas las corridas y festejos reales. El primer ganadero, a nivel individual, del que se tienen noticias es Don Alonso Sanz, nacido en La Pedraja de Portillo, en 1715 y que vivió hasta 1811. Un toro de este ganadero, con divisa blanca y un hierro en forma de corazón, abrió plaza en la inauguración de la Plaza de la Puerta de Alcalá, el 3 de julio de 1749. A Don Alonso le heredan sus hijos, Don Victoriano Sanz Arranz y Dª Gregoria, casándose ésta con D. Toribio Valdés. La familia Valdés y Sanz vendió parte de su ganado en 1840 a Don Joaquín Mazpule y en 1841 a Don Julián Presencio. El hijo de Toribio y Gregoria, Don Pablo Valdés y Sanz, heredó la ganadería en 1863 y a su nombre se lidiaron los toros castellanos que usaron por última vez el privilegio de abrir plaza el 25 de enero de 1878, con ocasión de la corrida real celebrada en conmemoración de la boda de Alfonso XII con su prima la infanta Dª María de las Mercedes de Orleans, que falleció a los pocos meses y ha sido inmortalizada por las leyendas. Los diestros de esa corrida fueron Rafael Molina "Lagartijo", Salvador Sánchez "Frascuelo" y Francisco Arjona "Currito". En 1880, la mayor parte de la finca "El Raso de Portillo", conocida como "El Quiñón de Valdés", en Boecillo (en los arrabales de Valladolid) y la ganadería de Don Pablo Valdés y Sanz es enajenada a Don. Trifino Gamazo y Calvo, que la aumentó luego con reses de Don Mariano Presencio y en 1908 adicionó más reses de los herederos del Conde de Espoz y Mina (de origen Carriquiri). Don Trifino falleció en 1918, heredándole D. Germán Gamazo y García de los Ríos y sus hermanos. En 1926 se compró a Don Juan Cobaleda uno de los últimos lotes que le quedaban de lo navarro adquirido de Don Nazario Carriquiri. En 1948 fallece Don Germán y se hacen con la propiedad los nietos vivos de Don Trifino, los Sres. Gamazo y Manglano Hermanos, hijos de Don José María Gamazo, quienes han aumentado recientemente las reses primitivas con otras de origen Parladé (de Gamero Cívico) y Santa Coloma, por lo que poco puede quedar de raza castellana aquí. Solo el nombre de la ganadería, El RASO DE PORTILLO S.A., que pertenece a la Asociación de ganaderías desde la fundación de ésta en 1951 y que además dio origen en 1980 a otra ganadería de la Asociación, EL QUIÑON, en Aldeamayor de San Martín, al comprar el hierro de D. José González Burgos. Posteriormente se aumentó con sementales de Sagrario Ortega, Sancho Dávila y María Rodríguez. Se conocen muy vagamente otros ganaderos originarios de la raza castellana, tales que los Sres. Prado, Manzano, Peña, Muñoz y Díaz de Castro, todos usando divisa blanca, pero nada se ha mantenido hasta hoy, que podamos certificar. De José Gabriel Rodríguez Sanjuán, de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), sabemos que un toro castellano suyo, el tristemente famoso Barbudo, con divsa escarolada, mató a Pepe-Hillo el 11 de mayo de 1801 en Madrid(!). En 1818 dejó su vacada a D. Luis Rodríguez, que volvió a la divisa blanca. De Vicente Bello, vecino de Palacios Rubios, sabemos que tenía reses castellanas en 1801, posteriormente vendió parte a Don José Antero, quien corrió toros a su nombre el 6 de enero de 1816 y que la viuda de Bello, posteriormente, cedió sus toros a la sociedad taurómaca "El Jardinillo", de la que era presidente el Duque de Veragua. Posiblemente fue la primera empresa que se dedicó a organizar corridas de toros y que lidió por vez primera un becerro el 26 de enero de 1851, con cintas blancas y escaroladas. (!) Según otros autores, el toro Barbudo pertenecía a la ganadería de Joaquín Rodríguez, de Peñaranda de Bracamonte. Puede que fuese el mismo ganadero, con erratas en la transcripción repetida de su nombre.
Julián Presencio - José Antonio Marzal - Salvador Gavira Don Julián siguió aumentando su vacada con más reses, siempre de la misma procedencia, hasta 1888, en que la heredaron sus hijos Don Millán y Don Mariano. Este último mantuvo el hierro del corazón pero cambió la divisa blanca por otra amarilla y encarnada hasta 1910, en que el ganadero salmantino Don Matías Sánchez Cobaleda la adquiere, cruzándola más tarde con la vazqueña de Trespalacios (comprada por él en 1913). Dª María Sánchez llegó a poseer en Alba de Tormes (Salamanca) ganado bravo con divisa blanca, posiblemente procedencia de Presencio, así como Don Juan Manuel Sánchez, de Carreros (Salamanca), conocido en los ambientes taurinos como Juanito Carreros, pero éste mezclando con ganado salmantino de diversas procedencias. En Olivenza (Badajoz) vivía el afamado ganadero Don José Antonio Marzal (El Sordo), que tenía en su finca "La Asesera" vacas y un semental procedentes de la Viuda de Soler desde 1917, que a su vez aún mantenía las de procedencia Filiberto Mira Pereira con el hierro del corazón, también vecino de Oliveira, procedentes de las portuguesas de D. Luis Feliciano Fragoso, de Alcasobas, mezcladas con otras procedentes del Marqués de la Conquista. En 1921, Marzal compra 44 vacas a Matías Sánchez Cobaleda, haciéndose, pues, con ganado de El Raso, cruzado ya con Trespalacios y de la Viuda de Soler. En 1927 compra dos sementales de Pablo Romero y uno del Conde de la Corte en 1931, manteniendo la divisa blanca y variando el hierro. Todo esto le da unos excelentes resultados, con ejemplares entrepelaos, que causan la admiración y ayudan a los triunfos apoteósicos de Manolete y Pepe Luis. La última corrida jugada a nombre de José Antonio Marzal fue en Badajoz, el 25 de junio de 1943. Había un ejemplar ensabanao con los ojos azul celeste. Don José pidió a los espadas, Juanito Belmonte, Manolete y Morenito de Talavera, que dejasen ese toro como último de la corrida, para despedirse de los ruedos con un toro del color de su divisa, es decir, totalmente blanco. Según conocemos hoy, por los testimonios de Filiberto Mira, amigo personal de Don José, nunca se atrevió a lidiar en Sevilla, por el respeto que le producía la Maestranza. En 1943 se vende la vacada a Don Marceliano Rodríguez y Don Alfredo Manzano. La de éste está diluída entre varias ganaderías. La de Don Marceliano fue comprada por Don Salvador Gavira en 1958, tuvo con ella buenos resultados y actualmente su hijo la conserva en Castellar de la Frontera y en fincas en Los Barrios y en Alcalá de los Gazules (todo en la provincia de Cádiz). Desde 1976, la ganadería se anuncia a nombre de Don Salvador y Don Antonio Gavira, con la divisa blanca (indicando así su lejanísima procedencia de El Raso, por los muchos cruces posteriores) y el mismo hierro que tenía Don José Antonio Marzal. Para terminar este sucinto estudio, digamos que en 1926 Don Juan José Ramos y los hermanos Ramos Matías también adquirieron reses procedentes de Don Julián Presencio, compradas directamente a Don Mariano Reina, de Valladolid, que cruzaron con otras de Albarrán y Fuentes. En 1949 aumentaron con ganado de Hidalgo y Marín y en 1950 con reses urcoleñas de Galache. Al eliminar todo lo anterior y anunciarse a nombre de Don Andrés Ramos Plaza, éste aumentó con vacas y sementales de Matías Bernardos, procedencia de Mª Antonia Fonseca y Juan Pedro Domecq. Actualmente figura a nombre de sus herederos, pero de la antigua raíz castellana de El Raso de Portillo, nada debe quedar, creemos.
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