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za, éste aumentó con vacas y sementales de Matías Bernardos, procedencia de Mª Antonia Fonseca y Juan Pedro Domecq. Actualmente figura a nombre de sus herederos, pero de la antigua raíz castellana de El Raso de Portillo, nada debe quedar, creemos.

Por El COLECTIVO DE LA ASOCIACION EL TORO DE MADRID
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SAN PEDRO REGALADO, Confesor. PATRON DE LOS TOREROS

Anuncio de Gil fotógrafos   San Pedro Regalado nació en la calle de la Platería de Valladolid en 1390, en el seno de una familia virtuosa. A los 14 años tomó los hábitos de la Orden Franciscana. En compañía de su amigo Fray Pedro Villacreces, quería devolver a la Orden sus primitivos votos de pobreza, por lo que ambos solamente comían los mendrugos que la gente les ofrecía y ningún otro alimento. Iban descalzos y solo tenían un hábito, tanto en verano como en invierno. Nunca tocaron el dinero, salvo para hacer caridad. Fundaron el eremitorio de Santa María de Abrojo, denominado Scala Coeli (Escalera del Cielo), situado junto al Raso de Portillo, marchándose del convento de La Aguilera (Burgos).
   Se conocen de él varios milagros. Un día, al ir a atravesar un río no había barca. San Pedro Regalado tendió el manto sobre las aguas y así lo cruzaron. Otro día se cruzaron con una madre, que llevaba un niño de pecho y le dijo a éste: «¡Cuán envidiable es la pureza de tu alma!». El niño le respondió: «Más pura es la tuya, Fray Pedro». Al morir Fray Pedro Villacreces, fué nombrado vicario general de Castilla. El Rey Juan II hablaba mucho con él y le decía que hubiese preferido nacer pobre y ser fraile en vez de Rey de Castilla. En otra ocasión, algunos principales y nobles de Valladolid le fueron a visitar a su eremitorio y él les dijo que debía marcharse y que no se impacientaran si tardaba un poco en regresar. Los ángeles le trasladaron a La Aguilera y luego le devolvieron al eremitorio de Abrojo.
   Un día, yendo por un camino, un toro herido se había escapado de una corrida en Valladolid y huía hacia su querencia natural, es decir El Raso de Portillo. El toro atacaba a cuanto se ponía por delante, habiendo causado ya varios heridos. Al llegar ante San Pedro Regalado, el acompañante de éste se refugió tras él. San Pedro, implorando al cielo, le presentó su báculo y le dijo: «Detente». El toro se echó a sus pies. San Pedro le acarició, le curó sus heridas, lo bendijo y le ordenó irse a la dehesa, sin hacer más daño a nadie. Y el animal, sumiso, así lo hizo. Esta es la razón por la que se le considera el Patrón de los toreros. Murió en el convento de La Aguilera en 1456 y una vez en el sepulcro, aún sin cerrar, pasó un pobre y el difunto sacó la mano y le dió limosna.


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