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   Hace medio millón de años se puede decir que nuestros antepasados ya campeaban por gran parte del territorio peninsular, pues así lo testimonian numerosos yacimientos arqueológicos. La especie presente en Europa en estas edades es Homo heidelbergensis, y las evidencias de sus actividades culturales son relativamente frecuentes en los depósitos fluviales de los grandes ríos españoles. Ahora bien, sus restos fósiles sólo se han descubierto en un restringido número de localidades, además de en Burgos, situadas en las estribaciones del Sistema Central español en las provincias de Madrid y Guadalajara.


Las más antiguas evidencias de la presencia humana en la Península Ibérica son éstas, los utensilios líticos de sílex procedentes de un yacimiento generado por un río hace más de un millón doscientos mil años (Barranco León-5 en Granada).

El entorno en el que se desenvolvieron estos grupos humanos fue muy similar al actual.
   Las diferencias fundamentales en el paisaje se deben a las modificaciones producidas en la topografía por el acusado encajamiento de los cauces fluviales y por la sedimentación que estos ríos realizaron. El clima fue sin embargo más cambiante, con las estaciones climáticas bien marcadas e inviernos más rigurosos.
   Aunque se puede presuponer que durante el intervalo de tiempo comprendido entre medio millón de años y los cien mil años de antigüedad los primitivos hombres ibéricos habitaron en todos los territorios, sólo se tiene registro de su paso por nuestras tierras en algunos de aquellos lugares donde la sedimentación tuvo un balance positivo frente a la erosión. Uno de los ejemplos donde esto se verifica durante el Cuaternario son las cuevas y, por ello, es en estos lugares donde se concentra la mejor información sobre la vida de nuestros antepasados en España, desde tan remotos tiempos hasta hace aproximadamente diez mil años.

 


Las cuevas han jugado un papel fundamental en el asentamiento humano en Europa. Esta cueva murciana (Cueva Victoria), interpretada como un cubil de hienas, ha proporcionado el fósil humano más antiguo de España (una falange de la mano).

   Con el paso del tiempo, y dentro de un marco faunístico, en líneas generales, conservador, llegamos a un momento, hace aproximadamente cien mil años, en que los neandertales son los seres humanos que colonizan las tierras peninsulares. Su distribución cronológica abarca un corto periodo de tiempo, que finaliza hace 30.000 años con el registro del yacimiento granadino de Zafarraya, de forma que los de España son los últimos neandertales conocidos en el planeta. Su desaparición, que coincide con la llegada y el asentamiento de los grupos de seres humanos "anatómicamente modernos" (nuestra especie), es coetánea en parte con la extinción en Europa de diversas especies de mamíferos hasta entonces habituales y, a partir de este momento, exóticas que en la actualidad han de ser buscadas en otros continentes. Leones, leopardos, hienas, rinocerontes y elefantes, entre otros animales, dejan de caracterizar a los paisajes de Iberia.
   Se puede decir que los ecosistemas ibéricos actuales quedan configurados como tales, al menos en lo que a grandes mamíferos se refiere, hace veinte mil años, y que desde entonces los mayores impactos en su composición específica se deben a la influencia humana. La agricultura, los usos del suelo y el desarrollo histórico de las sucesivas sociedades han modificado paulatinamente el entorno biológico y geológico de nuestro país, pero se puede afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que realmente es a partir de la década de 1940 cuando la influencia humana sobre los ecosistemas ibéricos comienza a ser perniciosa con riesgos graves para su recuperación.
   La evolución de los organismos, las variaciones en los ecosistemas y en el paisaje han seguido pautas propias, determinadas fundamentalmente por variables internas de la Gea, durante toda la historia del planeta. Sólo la especie que puede comprender


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