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zador intentará
acercar todo lo posible a su presa. Una vez ésta comience su huida natural, no tenemos
más que abrir la mano, soltar las pihuelas (pequeñas tiras de cuero que sujetan al ave
por los tarsos) y dejar que la naturaleza haga el resto. |
En esta modalidad, la única ventaja que tiene el ave sobre el
azor es la velocidad, de tal manera que si la presa sale volando a determinada distancia
de donde nos encontramos, el esfuerzo del azor será inútil. De una gran ayuda para este
tipo de caza resulta nuestro fiel amigo el perro, ya que colaborará a levantar las presas
de sus escondrijos, que de no ser por él, quedarían ocultas y no levantarían el vuelo
ante nuestra presencia. En el caso de la caza de la perdiz, esta gallinácea tiene un
vuelo potentísimo pero muy corto, de tal manera que después del primero o el segundo de
ellos, tiende a ocultarse y perderse entre la maleza, siendo entonces cuando saldrá
practicmente de nuestros pies "empujada" por el cánido. De hecho, en el primer
vuelo, tan sólo los azores entrenados y expertos en la caza pueden derribar a la
patirroja. Igualmente, en zonas de riveras y humedales donde habitan las anátidas, la
ayuda de nuestro compañero, facilitará que sea levantada a poca distancia de nosotros,
siendo relativamente fácil su alcance por la rapaz. Independientemente del ave cazada, una vez que el azor logra ganar en velocidad y apresarla, este tipo de presas no opone ningún tipo de resistencia a sus potentes manos, siendo inútil cualquier intento de huida. La otra modalidad de bajo vuelo y la más practicada en la actualidad, es la caza del conejo (Oryctolagus cuniculus) y la liebre (Lepus capensis). En el primero de ellos, la velocidad no es una ventaja frente a nuestro azor, ya que el potente vuelo de éste alcanza en pocos segundos al mamífero. Sin embrago el hábitat del lagomorfo sí supone una ventaja frente a la rapaz: zonas con abundante matorral y sobre todo, el mantenerse por las inmediaciones de sus madrigue
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