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   Con este artículo inauguramos en una nueva sección dedicada a la Materia Orgánica en los suelos agrícolas. El eje de los artículos de divulgación técnica estará a cargo de la Doctora Ingeniera Agrónoma Doña Silvia Burés; en principio esta sección se mantendrá durante un año y los artículos de la Dra. Burés irán acompañados de otros, escritos por técnicos cualificados; incluso, en ocasiones, estos técnicos podrán pertenecer a alguna casa comercial, en cuyo caso quedará constancia de este hecho. En estamos convencidos de que con esta sección elevaremos el nivel de la revista manteniendo la idea de informar entreteniendo.

Ediciones Agrotécnicas, S.L.

   Desde la más remota antigüedad se tiene la idea de que la aportación de restos orgánicos a las tierras de cultivo mejora las cosechas; si bien, en la actualidad, aún no se sabe con certeza cómo actúa la materia orgánica según los diversos aspectos bajo los que puede ser estudiada. No obstante, ya en el siglo pasado quedó claro que era preferible utilizar estiércol hecho que materia orgánica sin más.
   Es precisamente en ese siglo cuando surge la polémica entre dos grandes investigadores: el alemán Liebig y el francés Boussingault respecto al cómo y porqué de la respuesta de los cultivos ante la aportación de materia orgánica.
   El motivo de la polémica que duró unos 25 años y que, en algunos aspectos, aún dura, fue el siguiente:
   Liebig redujo a cenizas una cierta cantidad de estiércol, evaluó su contenido en fósforo, potasio, calcio, magnesio y otros elementos, la mezcló con tierra y, con la mezcla rellenó una serie de macetas dejando otro grupo de testigo, sin cenizas.
   El resultado fue claro: las plantas sembradas en las macetas enriquecidas con las cenizas experimentaron un excelente crecimiento, superior, sin duda, al de las testigo.

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