La materia orgánica, si bien su aplicación en agricultura es milenaria, sufrió a
mediados de este siglo un olvido, a causa probablemente de la introducción de los abonos
químicos que producían mayores cosechas con un menor coste. No obstante, durante los
últimos años se ha observado un creciente interés sobre la materia orgánica, habiendo
experimentado su mercado un gran auge ligado al tema de los residuos orgánicos que
encuentran así una aplicación y al desarrollo de nuevas tecnologías (extractivas,
pelletización, etc.) que permiten disponer de productos comerciales de calidad. Entre los
ámbitos de especial interés en los que el uso de materia orgánica es primordial,
están, el de la agricultura sin laboreo, el cultivo en sustratos y la agricultura
orgánica o biológica.
Numerosos investigadores han reconocido efectos beneficiosos en la
aplicación de la materia orgánica en el suelo, en cuanto a las mejoras observadas con
respecto a las características químicas, físicas y biológicas del mismo. La materia
orgánica forma parte del ciclo del nitrógeno, del azufre y del fósforo, contribuye a la
asimilación de nutrientes, mejora la estructura y la retención de agua del suelo y da
soporte a todo un mundo de microorganismos cuya actividad resulta beneficiosa para el
cultivo.
Para conocer el por qué de estas propiedades debemos remontarnos al
conocimiento de la estructura interna de la materia orgánica.
La materia orgánica procede de los seres vivos (plantas o animales
superiores o inferiores) y su complejidad es tan extensa como la composición de los
mismos seres vivos. La descomposición en mayor o menor grado de estos seres vivos,
provocada por la acción de los microorganismos o por factores abióticos da lugar a
un abanico
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raíces,
animales y microorganismos muertos o las deyecciones forman en su origen la materia
orgánica del suelo, además de la materia orgánica incorporada al suelo por la actividad
humana: restos de cosechas o enmiendas orgánicas de distintas procedencias y en diversos
estados de descomposición.
La materia orgánica fresca (es decir, sin descomponer) está formada por los
componentes de los animales o vegetales: hidratos de carbono simples y complejos
(monosacáridos, polisacáridos como la celulosa, el almidón o el glucógeno,
glicosilaminas, hemicelulosas, etc.); compuestos nitrogenados (proteínas y componentes,
ácidos nucleicos y componentes, vitaminas, alcaloides, etc.); lípidos (grasas, ácidos
grasos, ceras, fosfolípidos, pigmentos, vitaminas, etc.); ácidos orgánicos (cítrico,
fumárico, málico, malónico, succínico); polímeros y compuestos fenólicos (ligninas,
taninos, etc.) y elementos minerales.
Todos estos componentes de la materia viva sufren una serie de
transformaciones que originan lo que conocemos como materia orgánica propiamente dicha,
que consiste en un material dinámico (termodinámicamente inestable), ligado a los ciclos
del carbono, nitrógeno, del fósforo y del azufre, a la reducción del hierro y el
manganeso en el suelo y a otros muchos procesos y que puede llegar a estabilizarse en
función de los parámetros ambientales (temperatura, pH, humedad, contenido iónico,
poblaciones de microorganismos, etc.).
En el suelo coinciden los materiales orgánicos frescos, las sustancias en
proceso de descomposición (hidratos de carbono, etc.) y los productos resultantes del
proceso de humificación. Todos ellos forman la materia orgánica del suelo.
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