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PICHÍN El tomate Parlanchín, por Francisco Ponce

Zelianca (La ciudad de los hombres sin rostro)

Pichin el tomate parlanchin en la hemeroteca

La bruma ámbar y violeta que cubre la ciudad de Zelianca, apenar permite ver su alta y compacta muralla. Pichín y el anciano estaban a las puertas de la metrópoli y por más que voceaban y llamaban solo obtenían el silencio por respuesta.

Cuando ya desfallecían en sus intentos, sonó el crujir de una pequeña cancela a un costado de la gran puerta y una voz autoritaria, les conmino a marcharse.

El anciano miró a Pichín suplicante y este tomó la piedra roja, que las Nereidas le habían hecho llegar, y la frotó tres veces sobre el pecho del anciano, cerca del corazón, donde anidaba el gran deseo por entrar para encontrar a su hija y nieta.

Las recias puertas se entreabrieron lo suficiente para que ambos se escabulleran por la abertura. Frente a ellos estaba un individuo alto, con extraño atuendo consistente en una especie de túnica color carmesí y lo más sorprendente, sin rostro, solo una superficie de color siena parecía indicar el lugar de su faz. Aquel hombre aturdido, no podía comprender como habían logrado entrar. Pichín sin darle tiempo a mayor reacción le preguntó:

- ¿Que ocurre con tu cara?

-     Debéis marcharos, esta ciudad esta bajo un exorcismo del hechicero Trioton, que nos dejó sin semblante a todos los habitantes por negarnos a coronarlo como monarca de Zelianca.

-     Buscamos a dos mujeres que vinieron hace unos años.

-     Esas mujeres, ¿tienen rostro como tu? - Ahora era el extraño ser el que preguntaba dirigiéndose al anciano.

-     Si...si...claro.

-     Venid os llevaré ante nuestra Reina.

Caminaron por la ciudad, las personas andaban silenciosas, ausentes, de un lado a otro, enfundadas en aquellas ropas que les tapaba casi por completo. Alcanzaron la entrada de un palacio donde una guardia de seis soldados, les dio el alto. El guía se adelantó y debió darles razones suficientes por cuanto de inmediato franquearon el paso y continuaron.

M

La Reina no solo era muy bella sino que mostraba unas facciones perfectas y vestía completamente de color amarillo. 

- Habéis sido muy osados al entrar en la ciudad de los hombres sin rostro, ¿Que os trae por aquí?.

Pichín se apresuró a contestarle:

- Buscábamos a dos mujeres, una casi de su edad.

Su majestad mirándolos fijamente, sentencio: Debéis partir, si permanecéis una noche entera en Zelianca perderéis el rostro al amanecer.



-     ¡No marcharé sin ellas! Dijo tenaz el anciano.

En ese instante por detrás del lujoso trono donde se estaban desarrollando los acontecimientos, asomó una mujer, sin rostro, que dirigiéndose al anciano le habló:

- Haga caso a su majestad, su hija y su nieta están bien.

¿Como sabía aquella mujer que las personas que buscábamos eran hija y nieta de aquel anciano? Si ellos no habían hablado de parentesco alguno. La presionaron y confeso, ella era la hija y la Reina su nieta, no habían abandonado al anciano, sino que fueros secuestradas y llevadas a Zelianca para hacer reina a una mujer con rostro, que recordara al pueblo su pasado. Ella perdió su cara por el hechizo, que a todos alcanzaba, menos a la soberana.

Pichin les ofreció sus poderes para regresar, si lo deseaban de verdad, pero la joven le respondió.

-     Si son ciertas tus habilidades, deseo mucho más que mi regreso, el que todos los habitantes de Zelianca recuperen sus rostros. Hazlo y te recompensaremos.

Pichín no quería recompensa alguna, solo necesitaba asegurarse de que lo que le pedía la reina era inequívoco y no escondía venganza alguna por el secuestro. Para probarla le dijo.

-     Podré conseguirlo, pero cuando todos recuperen su fisonomía tú perderás la tuya y quedaras sin cara.

La bonita joven se levanto enérgica y con voz firme manifiesto.

- Olvidas que estos seres son como fantasmas por culpa de Trioton y mi madre que me dio la vida tampoco tiene rostro, que importa que yo me sacrifique por ellos, si vuelve la felicidad a Zelianca y mi madre recupera su hermosura.


Pichín comprendió que los sentimientos de la soberana eran sinceros y tomando su roja piedra, le pidió que extendiera la mano derecha y sobre su dorso la frotó tres veces.

Una potente luz, blanca como bola de nieve, corrió por el palacio, calles y plazas, los rostro tornaron a sus dueños de piel blanca, negra, cobriza, amarilla, con nariz prominente o escasa, labios gruesos o finos, ojos de variadas tonalidades, ya no eran todos iguales en su físico, pero todos lo eran como seres humanos.

La reina y su madre estaban abrazadas al viejo. Pichín, asustado de su poder, temió que su advertencia para comprobar la sinceridad de la reina se hubiese cumplido. La miró con fijeza a los ojos. Sí..., porque su rostro permanecía inalterable y atractivo, como antes.


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Francisco Ponce Carrasco
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