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Buenos días, soy Jaume Navarro. Muchos no me conoceréis, soy el Director Técnico de Massó, aquella empresa que vende algo pero nadie sabe exactamente cuanto ni como (por cierto, ¿sabéis cómo van este año?). Pues bien, si me permitís ahora voy a contar una parte de mi vida aquí, como las batallitas del abuelo, pero menos. Resulta que a finales de agosto de 2007, hallándome de vacaciones con mi mujer y mi hija, entonces de ocho años, en las Rocosas canadienses, tuve repentinamente una ruptura de la arteria cervical con el consiguiente multiinfarto cerebral. Imaginaos el follón. A miles de kilómetros de casa, junto a una carreterita de cuarto orden, en el mirador de Maligne lake (¿será por el nombre?) me quedé hecho una piltrafa, aunque yo, inconsciente, no recuerdo nada. Con la ayuda de alguien que pasaba y paró en dicho mirador, se avisó a una ambulancia, pasé unas horas en un hospital local y de madrugada decidieron mandarme, también en ambulancia, a la capital de la provincia de Alberta, Edmonton, con la excusa de que allí tenían no sé que aparatos para hacerme pruebas, aunque yo creo que debieron pensar "mejor que se les muera a ellos". Pero los cálculos les salieron mal. Pasé una semana en Edmonton, al cabo de la cual, volví a Barcelona en un avión medicalizado. Luego, unos ocho meses hospitalizado aquí (a partir de algún momento, durante el primer mes, ya empiezo a recordar) y ahora ya estoy en casa desde abril del 2008, con una magnífica hemiplejía que me paraliza el lado derecho.

Llegué a Barcelona sin hablar y con sondas por todas partes, pero ahora ya no llevo ninguna y hablo mejor; voy diariamente a fisioterapia y si bien mi estado no es precisamente para envidiar, con esfuerzo, he mejorado mucho y voy mejorando. Las buenas almas me repiten "paciencia, es muy lento"; cómo si a estas alturas no lo supiera yo que es lento; no lento, leeeennnnto, pero me ha pasado esto que creemos que sólo pasa a los demás; olvidamos que nosotros también somos los demás y no hay más cera que la que arde. Blanco o negro, no valen aquí los grises. Nos guste o no, es así. Un día de estos empecé a mover voluntariamente el tobillo derecho; parece un hecho insignificante pero para mí no lo es, y así, todo. He tenido mucha suerte: familia, trabajo, amigos, todos me ayudan y me han ayudado mucho, y hoy sé que lo conseguiré; no sé cuando, pero lo conseguiré. Y todo será otra vez como era antes. En un momento, me cambió la vida: la hipoteca, el jefe, los registros que no llegan, todo lo que nos parece importante dejó de serlo, pero sé que volverá. No es que todo eso no sea importante, lo es; pero si algo he aprendido es a valorar las cosas más justamente, a no juzgar a la gente porqué no actúan como yo haría. Cuando veo por la calle a alguien en silla de ruedas, no puedo dejar de pensar en qué historia habrá sentada allí, porqué seguro que la hay.

M

Voy ya olvidándome de la silla de ruedas y la cojo sólo en algunas ocasiones. De hecho, quería tirarla al mar algún día, aunque alguien me dijo que mejor la mandase a África, que allí hará más falta y así no contamino el mar; bueno, pues a África. Por que yo no la quiero y, aunque ahora me va muy bien en algunas ocasiones, y la verdad es que es y ha sido, un apéndice útil a ratos, engorroso pero útil, yo no la quiero. Pues a África.

Es curioso, en esta revista se ha hablado de agricultura, toros, ropa interior femenina, etc., pero nunca había encontrado un artículo hablando de estas cosas ¿me estaré haciendo viejo? Cuando nos veamos, con o sin silla, os invito a una cerveza. Hasta pronto.