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Los días que siguieron fueron de penurias, trataban de tomar senderos apartándose de los caminos más transitados ante la sospecha de que el dueño del mesón hubiera mandado a buscarlos, para vengarse con saña de su huída, que a buen seguro, le debió de haber sentado como una feroz burla.

Dormían al resguardo de alguna cueva o en lugares cubiertos por arbustos y maleza, todavía no habían encendido fuego por precaución, y las noches se hacían gélidas.

Isabella, les había contado que acabó en aquel infame lugar, donde la encontraron, tras un largo viaje desde un pueblecito muy pequeño próximo a Nápoles, en el sur de Italia, de donde era oriunda y vivía sola, ya que era huérfana. Un día la secuestraron unos desalmados con quienes vivió un largo periodo de infortunios, para acabar entregada como pago al dueño de la posada "El buen Amor", satisfaciendo así el gasto ocasionado por sus raptores durante una semana de hospedaje y otras licencias.

Tanto el maestro como Pichín estaban muy preocupados por la joven, sus heridas empeoraban y comenzó a tener fiebre y alucinaciones por las noches.

El anciano agotaba todas las pócimas de sus hierbas, acudiendo a diversas combinaciones posibles sin éxito, y esto le desesperaba, temía por su vida.


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Por su parte Isabella, trataba de agradecerles su ayuda, mostrándose sonriente, pero su tez, cada día más pálida, trasmitía el sufrimiento y frágil estado de salud.

Esa noche decidieron hacer fuego con unas ramas secas y aliviarse del frío junto a la hoguera, a Isabella la protegieron con las pocas mantas que llevaban y el anciano intentó de nuevo una combinación, ahora hasta de cuatro hierbas distintitas, y con el talante de haber acertado se las proporcionó a la joven.

Pichín por su parte decidió permanecer el mayor tiempo posible junto a la muchacha para animarla contándole su historia, la joven reía.

- Que imaginación tienes Pichín, decirme que fuiste un tomate.- luego le cogió la mano afectuosamente y le dijo.

- Si me pasara algo, me gustaría descansar bajo un árbol, que no pierda las hojas en invierno y en primavera dé flores y frutos.-

Pichín se estremeció, comenzó a sentir el sufrimiento como humano, la tristeza al ver a un ser querido en ese trance próximo a la muerte, las primeras lagrimas se deslizaron por sus mejillas hasta la comisura de sus labios, notó el sabor acido y salado de las mismas, trató de disimular volviendo su rostro, Isabella le acarició y recogió entre sus dedos su mudo llanto, luego se durmió.

El anciano algo alejado estaba cabizbajo y triste, Pichín se acercó y el maestro solo le dijo:

- Si está última pócima no la mejora, todo habrá acabado, su vida y mi fe en las hierbas, que nunca me fracasaron, ni para hacer realidad deseos, ni para sanar a enfermos.-

Pichín, no podía dejar que ambas cosas se cumplieran, les profesaba demasiado afecto, había aprendido mucho del ''maestro'', debía hacer algo y ese algo estaba en su poder, se acercó de nuevo a donde descansaba la enferma, la luz del fuego le mostró su cara rígida y nívea, el muchacho sacó de su pequeña bolsa de cuero una de sus seis pepitas y con delicadeza la deslizó con sus dedos sobre el rostro de la joven que permanecía inmóvil, repitió varias veces este ritual, hasta ver que la pepita se había disuelto, se acurrucó al cálido abrigo de las ascuas y se durmió confiado.

- Pichín... Pichín, despierta, las hierbas han hecho efecto, Isabella está mucho mejor, le desaparecieron las heridas y camina débil, pero camina por su pie.-

El joven se incorporó, el rostro del anciano y el de la chica le tapaban cualquier visión, ambos sonreían y se abrazaban felices, Pichín calló y contento se unió a la fiesta.

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Durante las semanas siguientes todo regresó a la normalidad, la chica cada vez estaba más guapa y recuperada, les ayudaba en todo y valorando que ya estaban muy alejados, probaron con éxito a entrar en pueblos y aldeas donde seguir con el comercio de sus hierbas, el asno seguía cargando con tan preciadas alforjas y el desparpajo de Isabella ayudaba a la mayor venta, por cuanto el ''maestro'' se mostraba entusiasmado.

Una mañana tras la jornada en el mercado que había sido fructífera, pasaron ante una tienda de ropa de señora, la chica se paró un momento para ver un vestido, adelantados junto a la cabalgadura, Pichín y el anciano se percataron de la circunstancia y mirándose con una sonrisa, el ''maestro'' le digo:

- Sujeta al asno, regreso rápido- al tiempo que le guiñaba un ojo.

Acercándose a la tienda, cogió con delicadeza del brazo a Isabela indicándole:

- Vamos dentro, veamos que te gusta.

La muchacha le hizo caso, pero se resistió a interesarse por algo, hasta que el ''maestro'' persuasivo le comentó:

- Creo que debemos cambiar tu aspecto, te lo mereces.-

Isabella se probó varios atuendos y al fin salió con un vestido muy favorecedor, miró al anciano y este sonriendo hizo un gesto de aprobación con la cabeza y lo pagó, ella salió contenta con el nuevo vestido puesto, corrió hasta donde estaba Pichín dio dos vueltas y exclamo:

- ¿A qué te gusta?-

Pichín, quedó sorprendido, de nuevo sintió un rubor como cuando la conoció en la taberna, la chica era muy bonita y se le veía tan extraordinariamente alegre, que dio en su interior gracias a las Nereidas, por haberle concedido el privilegio de las seis pepitas, ahora solo le quedaban cinco, pero ¡qué bien empleada estaba la que gastó!

El complemento en esa jornada fue una buena comida, que los tres disfrutaron dichosos, en una modesta fonda, con viandas caseras que les supieron a manjares del paraíso.




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Francisco Ponce Carrasco
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