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Cuando el capitán tuvo en su poder el plano que Pichín le entregó, comenzó a observarlo con gran atención, centímetro a centímetro, parecía que se lo comía con la vista, conforme lo examinaba su expresión adquiría luces y sombras mostrando satisfacción o furia, al final exclamó:

- ¡Maldición! -

Pichín que no le quitaba ojo, se sobresaltó con esta súbita e inesperada reacción y solo pudo preguntar:

- ¿Qué ocurre? -

- La última parte está medio podrida y borrosa, esto lo arreglo yo ¡¡Demonios!! -

El capitán subió al primer peldaño de la escalera de su camarote sin soltar el plano, asomó medio cuerpo y gritó a los marineros de cubierta.

- ¡Traedme limones, rápido!-

Luego se sentó tras la mesa, extendió de nuevo el plano que alisó bien con sus rudas manos, y masculló.

- Ahora veras maldita piel de cabra desollada, sacaré tu secreto. -

Pichín permanecía atento, al parecer la parte que él ya había observado algo descompuesta, contenía información vital y tanteó:

-¿"Capitán", lo podremos solucionar? -

- Chico, está claro que nos mandan al archipiélago de las ''Islas de las Aguas de Plata'', concretamente a una con el nombre de Kiopache, que en la lengua de sus primitivos moradores, una tribu de feroces guerreros, quiere decir ''Tierra de los cien templos'', pero el lugar que buscamos figura como "Templo de........" y el nombre está borroso, maldita putrefacción.

- ¡Los limones! - volvió a reclamar gritando.

M

Uno de los marineros entró atropellado portando un limón en cada mano, que dejó sobre la mesa y salió de inmediato.

El capitán cogió un largo y afilado cuchillo que tenía en un cajón y troceo en dos mitades un limón, luego lo exprimió sobre el extremo dañado del documento, cogió una hoja de papel en blanco y la puso encima, al instante colocó varios libros sobre ella, volviendo a mascullar:

- Chico, pide por tu bien, que se copie en la hoja la parte que nos falta, mientras esperamos voy a indicar el rumbo a la tripulación.-

Cuando Pichín se quedó solo comenzó a pensar en cómo se trasformaba el carácter del capitán cuando se trataban cuestiones del tesoro, su faz adquiría una extraña mueca y sus ojos se dilataban, una sospecha le asaltó ¿sería capaz de cumplir su pacto si el tesoro aparecía? un atisbo de desconfianza anidó en su corazón.

El crujir de los escalones de madera le avisaron del regreso del capitán, que bajó inquieto, se sentó de nuevo tras su mesa y comenzó a retirar con cierta parsimonia, uno a uno, los voluminosos libros que había colocado sobre el papel y el plano.

Ensimismado e ignorándole retiró la hoja que aproximó a la luz, tardó un poco en reaccionar y al fin lanzó un grito de triunfo.

- ¡Por todos los demonios del averno! aquí está el nombre del templo, se llama NOMITA, la miserable piel de cabra ha vomitado su misterio.

M

La travesía duraba ya tres semanas a pesar de los vientos favorables, el capitán permanecía casi todo el tiempo encerrado en su camarote custodiando el plano que mantenía guardado a buen recaudo, y todos los días de madrugada solía subir al puente con la mirada fija en el horizonte, así permanecía un trecho, luego corregía y trazaba el rumbo para seguidamente regresar a su aposento, se le escuchaba con frecuencia caminar de un lado al otro en su camarote.

Pichín durante la navegación apenas tuvo media docena de oportunidades para compartir mesa con la tripulación, solía pasar largo tiempo en su camarote o mirando el mar desde la proa, a pesar de ello había simpatizado con Richi, el más joven de los cuatro marineros con quien compartió algunas confidencias.

Aquella misma mañana, al alba, el capitán como de costumbre había subido al puente y al poco lanzó el ansiado grito de "Tierra a la Vista", todos acudieron a cubierta alborotados de júbilo, por fin disfrutaban en la lejana de la presencia del archipiélago exuberante de vegetación, hacia sus costas se orientaba la goleta "Estrella de Mar".

La cordialidad sustituyó al enojo del capitán y los tripulantes. Pichín también sonreía, adivinaba que momentos de gran aventura se le acercaban.

El capitán ordenó:

- Contramaestre, manda preparar una buena comida para todos, utiliza lo que quede en la cocina, abre un barril de vino y prepara un banquete, al atardecer entraremos en el puerto de la isla más próxima y nos aprovisionaremos de víveres frescos.

Arriaron las velas, solamente la del palo mayor quedó a media vela, fijaron el rumbo pausado, no querían precipitar su llegada, montaron una mesa en cubierta y se dispusieron a celebrar el avistamiento, el vino fue bien recibido por el capitán y la tripulación, Pichín también probó una jarra, mientras Richi, puesto en pie, balanceaba la suya y cantaba "El vino mueve la primavera, crece como una planta la alegría, caen muros y peñascos, se cierran los abismos, nace el canto."

Mientras atracaban en el muelle de aquel pequeño puerto, las mentes de cada uno estaban puestas en diferentes alternativas, la tripulación pensaba en mujeres, más vino, música y fiesta, el capitán solo tenía la idea fija en el avituallamiento y en recabar información sobre la isla y el templo, en su pecho prendía una pequeña llave, posiblemente la del cofre en donde guardaba el plano, para él ahora solo quedaba navegar por los intricados mares, que las islas acogen, en busca de la más central de nombre Kiopache.

Pichín les acompañó, bajando a tierra con todos.




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Francisco Ponce Carrasco