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Cada vez que un barco arribaba al puerto de Donbu, era una ocasión especial para taberneros, comerciantes y aventureros, que afanosos bullían por la pequeña población en busca del posible dinero que podían traer.

Pichín había tomado la resolución de dejarse llevar por sus compañeros de viaje, quería conocer lo más recóndito del ser humano, por lo tanto debía compartir sus vivencias y emociones.

La tripulación del "Estrella de Mar" pisó tierra, el capitán y el contramaestre se marcharon en busca del almacén de víveres y enseres, el resto, entre los que figuraba Pichín, se dirigieron a la taberna. Esta cumplía con todas las características de aquellas latitudes en donde se masticaba un ambiente de calima vestido con alta humedad, que obligaba a tener grandes ventiladores con pleno funcionamiento, incluso en aquellas horas tardías, antesala de la noche.

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En esos momentos no había gran cantidad de clientes por cuanto eligieron un lugar apartado del salón, tomaron asiento sobre unos taburetes y se juntaron en rededor de una mesa de madera raída y manchada con restos de bebidas.

- ¿Que toman?- se escuchó a sus espaldas.

- Algo estimulante- solicitó un marinero.

- Les puedo traer un jarro de ''Ron-Co''-

Richi, miró a Pichín que estaba expectante y sonriendo preguntó:

- ¿De qué está hecho? -

- Es popular en la isla, lleva ron moreno mezclado con leche de coco y abundante hielo picado.-

-Venga, para todos y doble - pidieron.

Cuando les fue servido comenzaron a beber y bromear, estaban contentos por tener realizado con éxito el primer tramo de la travesía e interesados en los misterios de la parte que quedaba, hasta encontrar el tesoro.

Aquella bebida era muy vivificante y entraba con ligereza, reclamaron más, Pichín la encontró apetecible y también repitió.

Por otro lado, el capitán y el contramaestre encontraron pronto el almacén que buscaban, no solo por lo visible de su aparatoso cartel, sino por cuanto un extraño hombrecillo de baja estatura, nativo, se les había unido y haciéndoles señas los encaminó al establecimiento, entró con ellos y le dijo algo al dueño en un idioma que no entendieron, este le dio unas monedas y despidiéndose salió.

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Cuando el capitán le entregó al dueño del negocio una larga lista de artículos y mostró una bolsa de monedas de oro, las pupilas del comerciante se dilataron, al tiempo que esbozando una sonrisa les dijo:

- Tener...todo... llevar barco.-

El capitán aprovechó el momento para preguntar, haciéndose el desganado, por la isla de Kiopache, de nuevo los ojos del tendero, brillaron y les preguntó:

- ¿Querer... descubrir... templos?...muchos... templos tener.

El capitán, astuto, no quiso revelarle el que buscaba en concreto, no era el sitio ni el momento para desvelar el nombre de "NOMITA".

- Llevar explosivo..., zona muchas ruinas..., hechizadas.-

Al capitán le pareció oportuna la sugerencia, municiones, pistolas y fusiles, tenía en el barco pero no dinamita, le hizo una seña de aprobación con la cabeza y el hombre lo anotó en el papel.

- Cuando...amanece...llevamos barco... un poco monedas... ahora...con mercancía más.-

Con esto se cerró el trato por ambas partes y se dieron la mano.

El capitán y el contramaestre salieron satisfechos, en los escalones de madera de la puerta les aguardaba el hombrecillo, de nuevo les hizo señales con la mano poniendo el pulgar levantado hacia la boca, indicándoles que si querían beber, con ese ademán característico que siempre se ha considerado tan elocuente desde que el mundo es mundo, y salió dos pasos por delante en dirección a la taberna, cuando la alcanzaron repitió la misma táctica, entró con ellos, el tabernero le dio unas monedas y salió.

Por la algarabía y carcajadas que se escuchaban, pronto situaron a la tripulación y se unieron al grupo pidiendo más jarras de aquel brebaje, alto en alcohol, a base de ron y leche de coco. Brindaron con los recipientes en alto una y más veces.

Pichín despertó en el barco, unos atronadores ruidos - o al menos a él se lo parecieron - le martilleaban en la cabeza, estaban abasteciendo la bodega con lo que había comprado el capitán. Solo se acordaba de que Richi levantándolo se lo había cargado al hombro como un fardo y sacado de la taberna en dirección a la goleta, asomado a la borda vomitó más de lo que tenía tomado, incluso le pareció que hasta las simientes de tomate que albergaba en lo más recóndito de sus entrañas. Ahora todo le daba vueltas tendido boca arriba en su camastro.

Sobre el mediodía estuvo todo estibado, los barriles con suministros alineados y sujetos con gruesas cuerdas en la cubierta de proa. En el muelle, al pie de la escalera, se encontraban bebiendo vino el capitán y el comerciante mientras ultimaban los acuerdos y se deseaban suerte.

El capitán subió resuelto al barco, mandó izar la escalera y desplegar las velas a todo trapo, la embarcación partió con lentitud primero, rauda después, hacia aguas abiertas en busca de los mares que ceñían la isla de Sanja, con rumbo a la de Kiopache, siempre siguiendo la ruta marcada en el mapa de piel de cabra, que celosamente guardaba.

De repente se escuchó como uno de los barriles, rodaba por cubierta, lo hizo en varias direcciones hasta que tropezó con fuerza contra la base del palo mayor y se destrozó, al momento se oyó el grito de una persona, extrañada la tripulación y el capitán corrieron hasta el lugar, el timonel intentaba desde el puente no perderse detalle, Pichín salió de su aposento todavía algo vacilante, para saber que eran aquellos gemidos que continuaban.



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Francisco Ponce Carrasco