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Pichín el Tomate Parlanchín

"Tierra de Templos"

Noticias en la hemeroteca

I2023 Mcapitán, interpretando siempre el mapa, buscaba la dirección norte de la isla de Kiopache. Estimó que en un par de días llegarían a la zona señalada como la parte donde estaban los templos, no sabía cual descubrirían primero pero intuían que por su tamaño se dejarían ver con cierta facilidad, si bien la maleza que crecía a su antojo podía haber medio ocultado alguno.

La zona que atravesaban hasta ese momento mostraba sus encantos con la exuberante vegetación de los trópicos. Gruesas y espigadas plantas crecían a lo largo de un mal trazado sendero que en algunos tramos se veía interrumpido y les obligaba a abrirse paso con los machetes, en ocasiones la zona boscosa era muy densa y los árboles formaban bóvedas sobre el camino.

Avanzada la tarde buscaron un espacio más abierto para pasar su tercera noche, cuando lo hallaron instalaron el pequeño campamento y encendieron una hoguera en el centro, se acomodaron en rededor para descansar, cada dos horas uno de los expedicionarios relevaba al compañero que hacía guardia, si bien hasta el momento nada habían encontrado que supusiera hostilidad, ni siquiera habían visto a los monos de cabeza blanca de los que Sundi les habló. De tanto en tanto la luz de la hoguera languidecía y era avivada por el centinela de turno.

Aquella noche algo nuevo sucedía, no estaban solos, cientos de ojos les observaban inmóviles desde las copas de los árboles.

Sundi estaba más inquieto que de costumbre, lo que llamó la atención del capitán y le preguntó:

- ¿Que ocurre, por qué no descansas? -

-Debemos ser cerca... de algún templo, siento espíritus del dios MON, que nos está observando. -

El capitán no percibía nada anormal pero por precaución hizo que se doblaran los turnos de vigilancia y ahora eran dos los hombres, apostados en distintos lugares, los que montaban guardia.

Cada vez los ojos que les vigilaban eran más, en sigilo se acumulaban apiñados en grupos, no solo en las copas de los árboles, sino también escondidos entre los matorrales.

D2024 Mcomenzó a clarear, el silencio se hizo tenso, justo encima de cada par de ojos que les acechaban se apreciaba un penacho blanco, parecía que los alrededores estuvieran plagados de matas de algodón. Uno de los marineros de guardia, sobresaltado, disparó su fusil al aire, lo que provocó la alarma de los expedicionarios y la estampida, de cientos de ''Dimbas'' que pasaron de la curiosidad al pánico y se dispersaron velozmente, dejando un rastro de ramas rotas en su huida.

Cuando se recobró la calma en el campamento, el hombrecillo aborigen confirmó que eran los monos de la cabeza blanca y se demostraba que alguno de los templos estaba muy próximo, pues las colonias de estos simios se habían instalado en los mismos.

El capitán pensó que estaban en el buen camino y puesto que no sabían dónde se encontraba el templo de NOMITA, deberían empezar por inspeccionar el primero que encontraran, tarea compleja y arto difícil por el número de templos que al parecer existían.

Animados levantaron el campamento, antes de tiempo, para seguir su andadura, quizá el rastro de ramas rotas les podría conducir hacia uno de aquellos templos.

Todos los expedicionarios estaban enardecidos y Pichín intuía que los acontecimientos se precipitaban hacia el descubrimiento de un mundo ancestral y perdido en la historia de la humanidad.

Al poco se encontraron con un muro de gruesas piedras, donde muchos de estos bloques estaban desprendidos y caprichosamente diseminados por el suelo, no había, al parecer, puerta alguna de entrada pero encontraron una explanada cuyo suelo estaba alfombrado de hojas y ramas secas, nidos viejos, algunos de ciertas proporciones, y excrementos de aves, hasta el punto que una insignificante abertura en el suelo estaba medio obstruida, este detalle no pasó desapercibido para Sundi que exclamó:

-¡Posible entrada caverna... hacer grande la grieta... entrar!

Hicieron un agujero que mostró un hueco profundo, oscuro y amplio, parecía en condiciones seguras de inspeccionar, encendieron unas antorchas y fue el capitán el primero en descender por unos rudimentarios escalones que se adentraban en la oquedad.


I1958 MPonce Carrasco
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