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Introducción

   El mundo vegetal, cuyos seres no andan, ni gritan, ni lloran, mundo silencioso y al parecer inmóvil, tantas veces cantado como olvidado, querido y despreciado, lejos de ser un mundo sórdido, frío y austero, es un mundo extraordinariamente diverso, lleno de gran belleza y portador de apasionantes enigmas, que han despertado la curiosidad de profanos y científicos a lo largo de todos los tiempos.
   Los vegetales, no sólo nos prestan servicios y nos proporcionan diariamente nuevos conocimientos, sino que lo hacen de un modo tan particular, que frecuentemente atraen nuestra curiosidad de forma especial. Pensemos, tan solo por un momento, que sin ellos nuestra vida sería imposible.
   Tres aspectos, íntimamente relacionado con el comportamiento de algunas plantas, nos ayudarán a comprender mejor la razón de su existencia: 1, la germinación de las semillas; 2, la comunicación química y 3, los relojes biológicos.

La germinación de las semillas

   Es bien conocido el hecho de que la mayor parte de las plantas cultivadas o espontáneas proceden de la germinación de una semilla.


Germinación de una semilla de lufa, a los cinco días de haber sido colocada en condiciones favorables de temperatura (25ºC), humedad y aireación (sobre un papel de filtro humedecido con agua destilada), en oscuridad.

   No obstante, existen numerosas especies vegetales cuyas semillas, aun estando vivas (semillas viables), son incapaces de germinar cuando se las coloca en condiciones favorables para ello; es decir, en presencia de humedad, temperatura, aireación y en algunos casos (semillas fotosensibles) iluminación. Este estado de reposo aparente que presentan algunas semillas puede recibir, según algunos autores, diferentes nombres: dormición, latencia y reposo son algunos de ellos.


Germinación de semillas de guisante, una leguminosa que presenta semillas "duras". La impermeabilidad de ciertos tegumentos de algunas semillas al agua impide la germinación de éstas cuando se colocan en condiciones favorables para germinar.

   Si tenemos en cuenta que el hombre ha ido seleccionando para sus cultivos las plantas mejor adaptadas, resulta fácil entender por qué dentro de las especies cultivadas es donde se encuentra el menor número de semillas durmientes. Dentro de la flora arvense, denominada impropiamente "malas hierbas" de los cultivos, los fenómenos de dormición de semillas son mucho más abundantes de lo que pensamos, si bien pasan normalmente desapercibidos. Así, por ejemplo, las semillas (granos) de la avena loca (Avena sp.), una especie que se encuentra frecuentemente en los cereales de invierno (trigo, cebada y en la propia avena cultivada), cuando caen al suelo y son dispersadas por el viento, el agua, los animales o los equipos utilizados para la recolección mecánica, presentan una capacidad germinativa considerablemente diferente la cual está estrechamente relacionada con el origen del grano en la inflorescencia de la planta madre de la que proceden. De este modo, la avena loca dispersa la germinación de sus semillas


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